Santiago, 29/03/2010.- Medio millar de manifestantes desafiaron las amenazas del gobierno y se reunieron en torno al principal acto de conmemoración del Día del Joven Combatiente. Esta fecha recuerda la muerte de los hermanos Eduardo y Rafael Vergara Toledo, milicianos del MIR y de la Villa Francia, asesinados por policías en marzo de 1985.
El acto se realizó alrededor de la ermita que señala el punto exacto del crimen, ubicado al interior de la villa Robert Kennedy, y fue encabezado por la hermana y los padres de Eduardo y Rafael.
Entre los asistentes se destacó la presencia de gran cantidad de jóvenes y de familiares de militantes de izquierda asesinados, como Marta Álvarez, madre de Araceli Romo, miliciana mirista fallecida en 1988 junto a Pablo Vergara, hermano de Eduardo y Rafael; Ana María Antonioletti, madre de Marco Ariel Antonioletti, lautarista abatido en 1990 y Mónica Quezada, madre de Matías Catrileo, activista mapuche asesinado por la policía en enero de 2008.
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En el evento participaron varios artistas populares y el grupo de danzas altiplánicas y callejeras Tinku, quienes recrearon con sus bailes la desesperada y fatal huida de los hermanos Vergara.
Afectos combatientes
El acto conmemorativo fue cerrado por las intervenciones de Luisa Toledo y Manuel Vergara, los progenitores.
Sus alocuciones marcaron un fuerte contraste con la visión violenta y criminalizada de la efeméride, pues junto con exigir justicia con energía, lograron establecer un ambiente de notable calidez en medio de la manifestación.
Tanto Manuel como Luisa hicieron alusión a los afectos y al cariño del cual se sienten rodeados en estos días. Especialmente en esta oportunidad, donde el clima generado por el terremoto y luego por las amenazas del gobierno, los hicieron dudar que el acto contara con muchos asistentes. “Pero cuando vi como llegaban tantos amigos, entonces pensé que todo estaba bien y tendríamos un acto concurrido”, manifestó Luisa, lanzando a continuación fuertes críticas al gobierno y a la policía.
“El amor que recibimos de ustedes nos engrandece a todos, expresó por su parte Manuel Vergara. Homenajes como este y en estas condiciones nos alientan a seguir viviendo y a 25 años del crimen a continuar saliendo a la calle para exigir justicia. Tenemos mucho que hacer, continúa, porque nuestro pueblo ya no es el mismo de antes. Son muchos los que se han dejado penetrar por el sistema y gente como nosotros son cada vez menos, por eso estamos llamados en este momento histórico a seguir luchando y creando conciencia”.
Vergara habla y actúa con serenidad. Junto a su esposa y Anita, la hermana sobreviviente, representan a un segmento de la izquierda chilena marcada por el dolor, la sobrevivencia y la resistencia en medio de la precariedad y el aislamiento. Sector con el cual muchos no están de acuerdo y critican con fuerza, pero al cual reconocen un coraje y una porfía a toda prueba. De no ser por esta tozudez, manifiestan muchos, el caso de los Vergara Toledo habría pasado sin pena ni gloria y jamás la justicia lo habría investigado, estableciendo que los hermanos no fueron abatidos en un “enfrentamiento” sino asesinados por la espalda
Actualmente la causa está en manos de la Corte Suprema esperando una sentencia final, que bien podría ser decepcionante. Así pasó, por ejemplo, con el caso del líder mirista Jecar Nehgme, amigo de los Vergara Toledo, quien fue asesinado en 1989 en una emboscada organizada por oficiales del ejército chileno. Luego de confesar el crimen y pedir perdón, todos fueron condenados a penas irrisorias que cumplen en libertad.
Luisa y Manuel tienen plena conciencia que podría suceder lo mismo en el caso de sus hijos, pero no muestran desaliento o se sienten amedrentados por las “advertencias” del gobierno. Desde aquellos amargos días de marzo del 85 no han cesado de movilizarse, recibiendo agresiones y amenazas mucho más serias que las expresadas por Piñera y su ministro del Interior.
Guerra inventada
Los Vergara Toledo y quienes se identifican con su lucha y la figura de sus hijos, continuarán movilizándose cada 29 de marzo. Pero 25 años no pasan en vano y las ultimas versiones del Día del Joven Combatiente no han resultado tan potentes como en décadas anteriores. Las movilizaciones y desmanes han ido decreciendo, en parte por la represión y la criminalización mediática de la fecha, en parte por el rechazo que concita entre vecinos de la propia Villa Francia y también por la comisión de actos irracionales y delincuenciales en medio de las protestas nocturnas.
Lo anterior, junto con los efectos del terremoto y cierto desanimo por el triunfo de Piñera, hacían previsible que esta vez las manifestaciones no fueran tan masivas y radicales. Incluso se rumoreaba que el gobierno tenía plena conciencia de que el famoso “día” transcurriría de forma relativamente pacífica, tanto en Santiago como en el resto del país.
Sin embargo y por motivos más bien publicitarios, Piñera y los medios oficialistas decidieron sembrar la duda y dar señales “militares” efectistas como la visita presidencial al cuartel de la policía antimotines o la declaración de toque de queda en Concepción. También organizaron un poderoso dispositivo represivo en la capital, que prácticamente no entró en operaciones, salvo ante incidentes menores ocurridos en algunos barrios populares.
El sentido de toda esta maniobra quedó de manifiesto la misma “noche combatiente” cuando la prensa oficialista y personeros de gobierno declararon la victoria en una guera que, para muchos, nunca ocurrió.
Las nuevas tácticas
- Gas total: Los manifestantes de Villa Francia fueron disueltos mediante esta táctica simple, efectiva y altamente nociva tanto para los protestantes, los vecinos y los mismos policias que la efectúan. Consiste en lanzar gran cantidad de bombas y chorros de gas lacrimógeno hasta saturar el ambiente, afectando seriamente al vecindario, especialmente a niños y adultos mayores.
- Patrullaje en alerta. En diversos barrios considerados “conflictivos” fueron vistos microbuses y patrulleras de tropas antimotines recorriendo una y otra vez las arterias, con su personal situado en las puertas de los vehículos, prestos a bajarse y disolver cualquier conato de protesta. Lo extraño es que los manifestantes brillaban por su ausencia.

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