Once de septiembre en una esquina
Publicado por kallejero en Septiembre 14, 2008
El 11 de septiembre de 1973 era liceano y estuve en esta esquina en medio de los infaltables mirones que hacen nata cuando ocurren sucesos fuera de lo normal. Aquí vine a dar después de bajarme en Plaza Italia del último trolebús que transitó aquel día y por cierto ni se me ocurrió pensar que sería el ultimo y tampoco presagié lo que iba a pasar en el país. Como adolescente aficionado a las novelas y filmes de acción lo único que me importaba era estar, escuchar, oler el ambiente y acaparar imágenes.
Cuando llegué al lugar reinaba la calma, no recuerdo haber escuchado disparo alguno. Pero la situación cambió radicalmente al aparecer desde Santa Rosa una columna de vehículos militares, camiones orugas y jeeps artillados, desfilando rumbo a la casa de gobierno. A mi lado algunas señoras comenzaron a aplaudir y agitar pañuelos blancos. La mayoría guardaba silencio. En ese momento no sabía si los militares iban a defender La Moneda, como en el “tanquetazo” o la tomarían por asalto.
Al momento salí de la duda. No bien llegaron los vehículos a su destino empezó la balacera más increíble que hubiera escuchado en mi vida y en la esquina y alrededores se desarrolló una especie de tragicomedia donde se mezclaron heridos, muertos y … bromas lanzadas a viva voz por los infaltables chistositos. No presencié ninguna batalla épica, no vi ni escuché nada de lo que había leído en mis novelas favoritas, ningún grito heroico, salvo pullas, piropos y silbidos para alguna chica minifaldera y risas cuando arreciaba la tostadera y debíamos correr a guarecernos.
Incluso los muertos … morían en silencio y si lanzaron algún grito póstumo la infernal balacera los apagó por completo.
Hasta el día de hoy me asombro por haberme bajado del último trolebús para ir a presenciar un espectáculo tan macabro, y de cómo lo soporté por casi dos horas anestesiado por la adrenalina y el espíritu aventurero. No dejo de preguntarme sobre la identidad del primer muerto que vi al inicio de la balacera, tumbado en el bandejón central de Alameda frente a la calle Arturo Prat. O de aquel hombre tirado entre los kioscos situados en la vereda norte de Alameda que suscitó las bromas de los mirones estacionados a mi lado. Desde Ahumada una señora se arrastró hacia el y luego junto a un camillero intentaron subirlo a una ambulancia, pero sobrevino un tiroteo infernal y el paramédico huyó a refugiarse en la esquina dejando a la dama forcejeando con el cuerpo. Automáticamente llovieron las groserías y burlas del público pero nadie fue a ayudar a la dama en cuestión. Finalmente el hombre salió de su escondite, subieron el cuerpo y la ambulancia pudo marcharse a toda velocidad.
El drama y la chacota finalizaron para mí con la pasada de los aviones Hawker Hunter y las colosales explosiones de sus disparos contra la Moneda. Mientras me alejaba la ciudad se estremecía de disparos que parecían provenir de todas partes.
Mi pequeña aventura de alguna forma representa la mirada entre ingenua y asombrada de muchos chilenos frente a la pesadilla que se abatía sobre el país. No sabíamos “con la chichita que nos estábamos curando” y la cruda realidad develó que estábamos inermes frente a una milicia despiadada y todavía lo seguimos estando.
Cuando me retiraba del centro de Santiago junto a un compañero de liceo, en Alameda frente al edificio de la UNCTAD un oficial que comandaba un piquete de carabineros nos ordenó a garabato limpio que pusiéramos las manos en la nuca y corriéramos al estilo de los prisioneros de guerra, uniéndonos a otros civiles que hacían lo mismo apuntados por patrullas militares establecidas metros mas allá.
En ese momento me pareció algo chistoso pero después supe que no era una broma. Éramos los derrotados en esa batalla y debíamos correr como tales. Cuando finalmente enfilé por Vicuña Mackenna hacia Irarrazabal bajé los brazos y caminé mas relajado, pero otros no tuvieron la misma suerte y siguieron corriendo con sus manos en la nuca rumbo a los campos de concentración, las salas de tortura y las tumbas clandestinas.
La batalla de los mirones en este lugar consistía en asomarse a la Alameda, mirar en dirección a la Moneda, no ver nada, por supuesto, y luego correr hacia el interior de las bocacalles cuando arreciaba la balacera. En mi caso me refugiaba en este zócalo

El drama ocurrió primero en el bandejón central, con una persona tumbada por una bala que nunca se supo de donde provino y luego dos personas mas aparentemente fallecidas o heridas de gravedad entre los kioskos situados en la verda norte de Alameda.


